viernes, 30 de junio de 2017

de esa Granada perdida...


No era grande, aunque tampoco puedo decir que fuese pequeño, sobre todo si lo medimos con el metro de una mirada infantil, pero sí puedo asegurar que lo que estaba medido, y con precisión de relojero, era cada uno de los actos con los que se desenvolvía en esa pequeña porción de espacio libre que era el mostrador de su establecimiento. Era éste uno de esos de Domingo después de misa, con los zapatos limpios y el traje de chaqueta impoluto, como impolutas eran las maneras de este hombre, parco en el hablar y de ademanes extremadamente educados, con forma de rectángulo estrecho, barra a al izquierda y espejos por las paredes a fin de dar sensación de amplitud, así como aumentar la exigua iluminación. 

Todo relucía, no obstante, iluminado por el sol de mediodía que se colaba por la única puerta que se abría a la calle y que hacía las veces de escaparate, desde la que siempre se le podía ver afanado en sus mil tareas. Todo estaba como en una exposición, o por lo menos así lo recuerdo yo, ordenado todo en los limpios estantes, colocadas las cosas siempre en el mismo sitio, siempre de la misma forma, y casi me atrevería a decir que los parroquianos pedían siempre lo mismo sólo por ver la forma, repetida y constante, en la que el barman despachaba las comandas. Antes de servir, y de preguntarnos con extrema delicadeza qué íbamos a tomar, ya había sacado brillo a la porción de barra que nos tocaba por enésima vez en la mañana, la había secado con la balleta casi transparente de lo cuidada, y esperaba con paciencia a que acabáramos de cantar las consumiciones para ponerse manos a la obra, lenta, pausada y eficazmente, cosa que agradecíamos y que nos llevaba a ser de los fijos, al menos una vez a la semana, del establecimiento con brillo de cafetería de postín y sabor a bar de barrio.

Entre sus muchas especialidades, yo destaco la ensaladilla rusa con gambas, preparada al detalle, y con un sabor que, todavía hoy, guardo en el selecto paladar curtido a base de bares extintos, alejados del ruido del "lomo-alioli" y las tapas de pan y lechuga, tan frecuentes, por desgracia, en la actualidad granadina, donde la tapa no es gratis, por mucho que se empeñen algunos hosteleros. Allí se hacía todo con clase, a la antigua usanza, y clase tenía la barra, clase tenía el "atrezzo" de la obra, y clase tenía el protagonista, solista y estelar, un camarero ni grande ni pequeño, con el pelo igual de blanco que la camisa y la balleta, y que tenía el sobrenombre, no podía ser de otra manera, de "manoslimpias".

Efectivamente, estoy hablando del bar del hombre de las manos limpias, el desaparecido rincón de la calle Recogidas que, sin tanto coche por la calzada, y con bastante más sabor, respondía al nombre de "Capitol"...

"Cerveza para nosotros, coca-cola para el niño, y tres tapas de ensaladilla rusa, por favor..."  

miércoles, 28 de junio de 2017

No dejes de soñar...

Porque siempre hay un motivo, no dejes de soñar.
Porque el sueño de esas cosas que están por venir te llena de Esperanza, y no hay nada más bonito que la Esperanza para surcar las aguas de la vida. 
Porque si es bonito soñar con algo, más bonito es luchar por ello y el soñar te fortalece para que aguantes el envite y encajes los golpes, no dejes de soñar. 
No, porque necesitamos el sueño para hacer más felices a los que nos rodean, siendo partícipes de nuestras ilusiones y viviéndolas junto a nosotros. Compartir con los tuyos las cosas que te dan ánimo y te alegran es una buena manera de crecer juntos y resistir las marejadas que se nos presentan a diario.

Porque siempre hay una sonrisa a nuestro lado, un beso, una certeza de que están ahí, para ti, de que te ayudan y te entienden, porque hay que soñar para pagar el precio que nos piden por vivir, y necesitamos vivir para seguir soñando. ¿Qué sería de nosotros si no soñáramos?...
ç
Ya lo dice Manuel Carrasco, "amigo, no dejes de soñar"...

lunes, 26 de junio de 2017

LIII...(escolapia)


A todo el que le guste la poesía, le gusta Bécquer. Porque Bécquer fue el eterno enamorado que alumbró esto que llamamos romanticismo, y al que se acogen todos los aprendices de poetas, y los poetas consagrados, cuando quieren hablar de amor. Yo me incluyo entre los primeros, que no soy de ésos que conmueven con el verso pero, como los poetas de verdad, yo bebí en las fuentes de Bécquer casi desde el primer momento en que descubrí esto de la literatura, allá por un E.G.B que pasó a la historia de las siglas olvidadas. 


Yo, desde mi humilde pedestal, quiero homenajear (aunque no le haga falta) a ese sevillano del barrio de san Lorenzo que me enseñó, a través del olor de sus obras completas en la edición Aguilar,  que la poesía es la herramienta de la paz. Por ello, he escogido la rima LIII para hablarle a ese amor que nunca cesa, al que nunca nos cuestiona, y al que siempre nos espera... 

Ahí va mi ínfimo homenaje a don Gustavo Adolfo...

Volverás a salir en Viernes Santo,
en tu palio, de nuevo, a pasear,
y, otra vez, bambalinas y varales
los balcones rozarán.

Pero aquellos que se fueron en  el tiempo
cuando tu cuadrilla recién echaba a andar;
aquellos Viernes de nombres no olvidados,
ésos,…no volverán.

Volverá, lo sabes, san Matías
de nuevo, tus costales, a tentar,
sonarán de nuevo nuevas marchas
para alentar eternas “revirás”.

Pero ese palio pequeño, que se fuera,
y esa Virgen de capilla colegial,
capataces inexpertos y noveles,
ésos…no volverán.

Mas, por suerte, tienen alma tus entrañas,
que la Cuaresma vuelve a reinventar;
otra vez, a oscuras, tus calderas
ansiosos buscarán…

Y al llegar la vuelta, por el puente,
A su gente, les dirá tu capataz:

“como Tú nos quieres, madre Mía”,
así…no nos querrán”.




viernes, 23 de junio de 2017

Vuelo libre...


Sin condiciones, sin ataduras, al menos perceptibles a nuestro ojo, que intenta dibujar su estela cuando recorren fugazmente el cielo que hay sobre nuestras cabezas. No son los mismos, o quizás sí, que nosotros no podemos, normalmente, discernir si tales o cuales especímenes, plumas, alas, pico, son los que pían por las mañanas despertándonos, o forman una algarabía incensante con su "griterío" antes de descansar en cualquier rama. 

A mí, a veces, me gustaría volar sin rumbo durante el día, no tener nada que me diga dónde debo ir, dónde comer, aunque, eso sí, necesite volver de noche al mismo nido para esperar al día siguiente. Ellos son así, aún con sus cosas, animales de vuelo arbitrario desde que su madre les invitara a salir del nido, muy jóvenes, aun a riesgo de acabar despanzurrados sobre las losetas del barrio para horror de la chiquillería, en su duro aprendizaje de cara o cruz, de todo o nada. 

Al menos, una vez cada noche, siempre a la misma hora y más o menos en el mismo lugar de la improvisada "rama", tengo la certeza de que los mismos pájaros acuden a la cita del "ojopatio", vigilados por la vecina que teme les ensucien las sábanas, a descansar las alas después de una dura jornada. Mañana volverán a los cielos, a ser seguidos por los dedos de nuestros niños, volando, veloces, en su ejercicio ancestral de vuelo libre...

miércoles, 21 de junio de 2017

Las luces de la feria...

Más allá del jolgorio flamenco, de las casetas vomitando sevillanas a todo gas, del albero y los caballos, de los palitos de ron (el que la lleva la entiende), de la "Tere" con la tartana y el tráfico de personas, taxis y más personas, está la calle del infierno; ésa a la que acudimos puntualmente porque un lucero vestido de gitana (que en Graná no se viste una de flamenca) quiere que la montemos en los columpios, y acudimos a su reclamo para llenarnos de reflejos multicolores, buscar en las retinas de nuestros hijos el brillo de la ilusión por montarse en un caballito, darle a una pelota de goma al pasar a lomos de una moto que la inocencia infantil hace que sea de verdad, o la sonrisa que le invade cuando intentas cogerle un peluche de su película favorita de dibujos animados, aunque el truco del establecimiento nunca te deje conseguirlo.  

Yo no soy feriante, llámenme loco, pero nunca me ha gustado demasiado (lo hacía porque había que hacerlo) ir al ferial a pasar calor a cualquier hora, dejarme los oídos pelados con la potencia de los altavoces y pagar el doble por platos que contienen la mitad, así que mi "malafornicius granatensis" (gracias por todo, Ladrón de Guevara) se duplicaba, como el precio de las raciones, llegada esta época (excluyendo las indefinibles jornadas del Corpus y la Octava). Pero, afortunadamente, todo cambia con la llegada de un hijo, y comprendes el enorme valor que tenía tu padre al llevarnos a todos, saber el columpio que nos gustaba a cada uno, seleccionar el número de acuerdo con el presupuesto, y devolvernos a casa contentos, cenados, y cargados de cosas que para nosotros, en nuestra infancia, eran maravillosas. Por eso vuelvo cada año, esperando ese momento como uno de los grandes en el calendario, sólo por ver la cara de mi hija recorriendo las atracciones, y pidiéndome "otro más" cada vez que se baja de uno y es que, aunque pueda parecer que no, sus ojos son las verdaderas luces de la feria...

lunes, 19 de junio de 2017

La belleza...

La belleza de una mañana de domingo 
está  en cualquier cosa que miramos,
 a veces no lo percibimos, 
a veces es que ni miramos.

La belleza de los ratos que vivimos, 
no la vemos, quizá, no la esperamos, 
pero vive en las palabras que dijimos, 
y también en esa flor que un día tocamos...

La belleza...





jueves, 15 de junio de 2017

Hoy, esta mañana, ya...

Ha llegado la hora, una vez cada lustro, ahora menos, este que os escribe desde el atril de sus vivencias, se viste de costalero. ¡vaya una novedad!, pensarán algunos, pero lo cierto es que só que lo es. Es una novedad porque cada vez que te metes debajo de un paso, es como si todo fuera nuevo, ya que nada es igual, y eso bien lo saben los que todos los años que el físico les deja, sacan a Jesús y a María por las calles de la ciudad; Pero es una novedad porque no todos los días, ni todos los años (un lustro hace que lo hice yo la última vez) se tiene la oportunidad de llevar a Dios, sin apellidos, sobre la malgastada cerviz que los años van deteriorando. Y no todos los años, además, lleva uno a Dios, sin más, haciendo historia costalera en nuestra Granada; y es que, hoy, Jueves de Corpus, días grande de nuestra ciudad porque tuvimos a bien mantener la fiesta en Jueves y no pasarla al Domingo, se cumplirán veinticinco Jueves que relucen más que el sol, en los que, a Dios, lo llevan los costaleros de Granada.

Para los cristianos, no es una procesión cualquiera, ya que aquí no hay imágenes a través de las cuales vamos hacia Dios, rezándoles en sus pasos, cuando la Semana Santa inunda el calendario, sino que hoy, es el mismo Dios, hecho carne en la Hostia Consagrada, por lo que la ciudad, sabedora de la grandeza del día, se echará a la calle para honrar a su divina Majestad y pedirle todas las cosas que se le piden, cuando el sol granadino aprieta, sobre alfombra de juncia (si bien se echa en falta mucha más, que antes no se veía el asfalto bajo la verde capa), y con las emociones a flor de piel propias del día. (A mí me recuerdan todos los años que me perdí una mañana de Corpus por querer ver a los caballos, que iban abriendo el cortejo, y me rescató una amiga de mi madre que reconoció mi cara, sofocando así la de susto que tenía mi progenitora mor de la afición hípica del niño que, pasado ese día, desapareció por completo).

Hoy es el Día. Hoy se viste uno de blanco con otro aire, prepara su costal de otra forma, se enfrenta al paso con la misma profesionalidad, pero con esa nota diferenciadora que otorga el saberse protagonista de una historia de Fe, de legado, de tradición, de Granada,...una historia que se repite año a año, pero que sólo cada cinco se puede vivir de costalero. Así que, yo voy en busca de ese momento de conexión con Dios, única, irrepetible, y mía. Vosotros, disfrutad de Granada en su fiesta por excelencia, que el Jueves de Corpus, es hoy, esta mañana, ya...

miércoles, 14 de junio de 2017

Perderme...


Nunca te vi, por tu barrio, cuando las celosías del convento no dejan pasar la luz al estar tras ellas las monjas que te ven partir al encuentro de Granada. Nunca te vi, derramando tus lágrimas por las calles de la Judería, antigua como las cuestas que preceden a la Alhambra, cobijada por el palio tan distinto, tan parecido, porque nada cambia si eres Tú la que nos llama a mirarte, y no podemos distinguir estos azules nuevos de aquellos otros porque es tu cara lo único que debe mirarse bajo el cielo de tu barrio. Nunca te vi, que mis pasos cofrades me llevaron lejos de la collación por donde discurrió mi infancia estudiantil, a esa otra que siempre ha sido la mía, donde muere el que protege a la ciudad en la que vives, en la que reinas. Nunca te vi, mis ojos no saben cómo te mecen los tuyos, cómo se derriten los pabilos llorando la cera sobre tu candelería, cómo se engalana Santiago, Molinos y Fortuny cuando pasas por ellas sin que nosotros queramos, porque si pasas no vuelves hasta el año siguiente. Nunca te ví, porque formas parte de la Semana Santa no vivida, la que pertenece a la ciudad pero no al cofrade de Lunes Santo, que esa misma jornada busca su historia bajo el hábito de su hermandad que, por eso no te ve, engrosa la nómina del mismo día. Formas parte del Lunes que leo en los diarios, que veo en las redifusiones, que conozco por fotos y por actos fuera de la Semana Santa, pero que no he vivido nunca porque me llama lo mío, y nunca te he visto llorar cuando vienes cansada en la madrugada del martes, ni te he visto iluminada por las luces esquineras que transmiten tu pena con débil iluminación. Conozco tu cara, pero no tus maneras, conozco tu palio, pero no sus mecidas, conozco la calle, pero no sus sonidos…


Nunca vi como la flor
oculta tu filigrana;
ni sentí como te llama
tu barrio en una Oración.

Nunca vi como tu amor
se desgrana por Santiago
haciendo morir humano
al que nació redentor.

No conozco las hechuras
que te hacen ser distinta
bajo tu palio que encinta
un rosario de Amargura.

Pero sí puedo decirte
y mi promesa te dejo,
que buscaré tu cortejo
mientras que pueda escribirte

tendré que reconocerme
en mi realejo perdido
y, conteniendo un gemido,
en tu mirada…perderme.

Fuente fotografía

lunes, 12 de junio de 2017

Granada en cien fotos...


Granada es algo más que un nombre ligado a una historia. Algo más que el último bastión árabe de la península cuando Isabel y Fernando jugaban al "risk" sobre la piel de toro, algo más que blancos pìcos y azules aguas saladas, algo más que pueblos blancos escondidos entre barrancos y algo más que una Alhambra rasgando el cielo con la Torre de la Vela. 

Sí, Granada está por encima de sus emblemáticos barrios, de arriba a abajo, de Mezquitas convertidas en iglesias a una judería en pleno centro de la ciudad, está por encima de capitulaciones y cascamorras, por encima de tarascas y cabezudos, de cofradías hiriendo la noche con ecos de cornetas y de cruces de Mayo que nos recuerdan quiénes somos y quiénes no queremos ser. Granada está por encima de todo esto, porque Granada tiene algo más, cómo diría Barbeito, que es capaz de interpretarla. Granada tiene a los granadinos, mal que le pese a algunos, que enriquecieron su nombre con sus actos, aunque no todos buenos (acuérdense de la leyenda del señor de Zafra), y cuenta entre sus hijos a personajes ilustres de las letras y la música, entre otras artes, cuyas obras llevan el nombre de la ciudad que los vio nacer más allá de las fronteras jamás pensadas por ellos. Eso es lo que hace grande a Granada, cada uno de sus habitamtes, desde los nuevos barrios extramuros, hasta el mismísimo kilómetro cero de la "malafollá" que diría Ladrón de Guevara, Granada cuenta tantas historias como ciudadanos viven en ella, haciendo que cada paso por la ciudad sea el reflejo de las gentes que la habitan, y es que Granada, sobre todo, es eso...sus gentes.

viernes, 9 de junio de 2017

hoy me acuerdo de ti...

Mira tú por dónde, hoy me he ido a acordar de ti, no es que no te recuerde con frecuencia, pero hoy tu recuerdo ha sido tan claro, tan real, que me he vuelto contigo allí donde la Esperanza va sobre un trono, y la biznaga se reparte en la calle de un Marqués. Me he ido contigo, cuando el sol me ha vuelto a dar en la cara por Junio, y he sentido en mis pies el frescor de la mar en la Misericordia, y el salitre se ha venido como cuando entraba por la ventana, turno de tarde, turno de mañana, en la calle de Héroe de Sostoa. 

Me he visto de nuevo, en mi inexperiencia, vestido con la bata y subiendo la temperatura del aire acondicionado porque tú tenías frío, y he vuelto a hablar contigo, en la distancia, de tantas cosas, cuando mi acento te hacía recordar tus orígenes y mi nostalgia se iba en nuestras conversaciones. Me he ido contigo, embarazada de tu niña, a aprender de la vida en un susurro, y he vuelto a añorar, ahora que van a hacer diez años de mi marcha, las lágrimas que quisieron asistir, sin invitación, a nuestra despedida. Un cajón lleno de "garguerías", y esa noche última en la que la mar fue nuestra testigo, cuando os dije adiós de la mano de mi todavía novia, y os dejé allí, para ir a veros sólo de vez en cuando. 

Hoy, que la vida ha hecho con nosotros lo que ha querido, veo las fotos de tus hijos ya adolescentes, veo las de mi hija, veo todo lo que ha cambiado a nuestro alrededor, y siento una profunda alegría porque el destino me llevó a tu tierra de adopción, y me acogiste con los brazos abiertos. Hoy tengo allí dos amigas, dos baluartes, dos buques insignia de todo lo que tenga que ver con la amistad, y una parte de mí mismo, de mi historia, que se quedó en la orilla del mediterráneo y que voy a buscar cada vez que me pica la nostalgia, fíjate, en sentido contrario de la carretera. Y me acuerdo de ti, de tu ayuda, de las veces que nos hemos reído, de las cosas que compartimos cada turno de tarde, en ese lugar en el que aprendí lo que no quería llegar a ser como profesional, pero que me dio tanta vida, que siento que dejé allí algo más que un puesto de trabajo. 

En Granada, el calor empieza a hacer de las suyas y añoro el aire de Málaga, porque hoy me acuerdo de ti... 


miércoles, 7 de junio de 2017

Aquí sigo...

No tengas miedo...yo te estoy esperando, te estaré esperando siempre, incluso cuando el paso del tiempo te haga pensar que me fui, una tarde de Mayo en el que el sol me cuajaba. Ven, salta, aquí estoy, con mi mano presta a sujetar la tuya, como cuando sonreías al notar que el agua del mar te golpeaba en la cara, y yo te llevaba en volandas en nuestro principio de todo. Aquí sigo, mira a ambos lados antes de cruzar, aquí sigo, ten cuidado no vayas a caerte del sofá. Aquí sigo, en la música que me define y te recuerda que estuve, en las cosas que vuelven porque yo las llamo para ti, y en las que no te imaginas pero te tengo preparadas. 

Ven, mira atrás, y huye del calor de un Agosto que asfixia, que llega Septiembre y tus brazos morenos delatan que estuviste en la playa, siempre nuestra playa, colecciones de cristales y conchas que aún suenan dentro de su caja rosa. ¿Recuerdas? has crecido, eres la misma pero lo olvidaste, ahora eres tú la que abre la mano para abrazar lo que venga, y proteger a los tuyos de la estival tormenta, ahora son otros los que ríen cuando cantas, y te buscan corriendo cuando abres la puerta. Sí, aquí sigo, no sólo en la foto que miras de cuando eras niña y te besaba en la frente, no sólo en los libros que lees y en las notas que silbas, yo estoy en todo, te sigo despertando por la mañana cuando vas a llamar a tus hijos, y te pongo el desayuno mientras ellos se toman la leche. Te lavo la cabeza con cuidado de no salpicarte en los ojos y tú le das el pato a la niña que me llama abuelo. Aquí sigo, llevándote al colegio escuchando tus historias, aferrada a tu peluche y a tu infancia, mientras sostienes las suyas camino de su escuela. Aquí, en todo lo que haces llevas mi huella, en todo lo que fui yo llevaba la tuya, y ahora estás aquí, escribiéndole a tu hijo lo mismo que leías de mí, aunque tú ni lo imaginas. 

Aquí sigo, aquí estoy, no tengas miedo, te estoy esperando, te estaré esperando siempre, incluso cuando el paso del tiempo te haga pensar que me fui...


lunes, 5 de junio de 2017

La foto que no sale...


Siempre hay una foto que no sale; no sé el porqué, pero no sale...quizá porque la busco y no la encuentro, o precisamente no la encuentro porque la busco, ya que esa foto es, en sí misma, algo no programable. También hay un verso que no se escribe, como hay un cuadro que no se pinta, y una canción inacabada, cosas a las que les falta nada para ser todo, pero ese "nada" no aparece. 

Me he desesperado, y creo que sigo haciéndolo, porque yo quiero hacer esa foto; sin esperarla, verla y ¡zas!, sin más, sin pararme a mirar por el visor demasiado tiempo porque será efímera, sin pararme a medir tiempos y aperturas de diafragma porque será perfecta, y sin pararme a ver lo que retrato, porque no sé que será. Pero no la encuentro, quizá el "quid" de la cuestión esté en no pensarlo...lo mismo, hay que escribir el cuadro, y pintar la música, fotografiar el verso y, quién sabe, escribir la imagen...eso debe ser, puede ser que estemos tan pendientes de buscar acabar lo que queremos hacer, sin pararnos a pensar que, a lo mejor, la belleza, el arte, está en lo ilógico...puede que ése sea el método, "andar por andar andando" que diría Alberto Cortez, sin necesidad de ir buscando lo que puede que no encuentres. 

Quizá la foto que no sale no deba salir nunca, o quizá ya haya salido y no lo vea; quizá esté ahí, y no sepa mirarla, o quizá esté mirándome esperando a que la vea. El camino se me hace largo, la lluvia empaña mis ojos, y el frío entumece mis músculos, quizá sea todo más fácil, sólo haya que secarse la cara con la manga de una desgastada camisa, sentarse en el sillón y mirar más allá de la punta de mi nariz; quizá el aroma del café caliente sea el analgésico perfecto, y la película gastada de tanto verla el mejor remedio. Quizá todo tenga sentido mirando al mismo sitio, adonde hay que mirar, sin esperar nada más, quizá escriba el cuadro, para cuadrar la cuadratura del círculo (¡vaya galimatías!), quizá sea esa la respuesta...a ver, ponerse todos...¡pa-ta-ta!

viernes, 2 de junio de 2017

La calle de nuestros niños...

Yo tuve la mía, o las mías, que en mi bagaje de infancia cupieron aquella en la que vivía y esa otra en la que jugaba los fines de semana. Desde el balcón de casa, los negocios que dieran vida a la angosta calle que recibía el sol muy de mañana o de tarde, han ido cerrando, poco a poco, testimoniando la edad que ya empieza a cumplir y que va cambiado su fisonomía, si bien lo esencial no cambia, aunque sí lo hagan las personas que allí viven. Vieron mis andanzas infantiles las galerías abiertas entre los cimientos de los altos edificios en donde pasábamos las horas alejados del calor, y custodiados por las tiendas de siempre, que velaban por nuestra seguridad mientras despachaban a los clientes del barrio. Allí jugué a las chapas, haciendo carreras con las que le quitábamos a las botellas de cerveza y pegándoles en el dorso la imagen de los ciclistas de la época, Perico Delgado era el favorito, y que corrían empujadas por nuestros dedos a ras del suelo de nuestra vida. Los tapones de casera nos servían, también, para hacer equipos de fútbol que tenían que introducir un garbanzo entre las porterías hechas, las más veces, con pinzas de la ropa, aunque siempre había uno que tenía las de plástico y red, y que nos ocupaban las vacaciones, y los fines de semana. Todo se solucionaba con una llamada por teléfono de nuestra madre a la tienda de turno para que subiéramos a comer, y rápido salíamos corriendo. 

Mis amigos de la infancia, ay, distancia, son ahora padres de familia que se fueron del barrio, como yo, a buscar su vida fuera de sus muros, y a los que no veo casi nada merced a nuestros diferentes horarios, y mis juegos de niño se fueron borrando de sus paredes como se borran los rastros que dejaran nuestras bicicletas sobre el suelo recién mojado del portal. Claro, que la ley de vida cobra un precio muy alto, y ahora tengo otra calle que he hecho mía, aunque nada tiene que ver con la que tuve, y por la que voy en pos de los pasos de otras risas, otros juegos y otros vecinos. El tiempo, esa máquina inexorable de deconstrucción, se ha encargado de que, ahora, mis amigos de la infancia y yo hayamos hecho nuestra, como ayer hicieran nuestros padres, la calle de nuestros niños...

Gracias por asomarte...

Gracias por asomarte...
donde se guardan las joyas...

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